Te avisamos de la crudeza de los detalles de este testimonio.
Más del 80% de las personas que trabajan en Médicos Sin Fronteras en los más de 70 países donde operamos están contratadas localmente y forman parte de las comunidades a las que asisten. Como podrás imaginar, tanto estas personas como el resto del equipo desplazado traen consigo experiencias extremas y testimonios desgarradores.
Bakri Abubakr es una de esas personas. Actualmente trabaja en Nairobi para MSF, dirigiendo operaciones en varios países de África Oriental, entre ellos, Sudán, país donde, además, nació. Por eso, le duele especialmente lo que sucede allí y conoce muy bien el coste humano de la guerra en curso. Un conflicto en el que tanto las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) como las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), enfrentadas entre sí, están infligiendo una violencia aterradora a la población de todo el país. Como resultado, Sudán vive la mayor crisis humanitaria del mundo que, además, apenas recibe ayuda internacional ni cobertura en los medios de comunicación.
Bakri nos compartió su visión personal sobre esta guerra y hoy queremos trasladarte parte de su testimonio porque la guerra en #SudánNoPuedeEsperar. 👇
De la esperanza al terror
El 19 de diciembre de 2018, Sudán, mi país, vivió una de las mayores revoluciones pacíficas de la región, liderada por hombres y mujeres jóvenes y valientes. Renovó la esperanza de progreso y paz para un país que venía sufriendo 30 años de brutal dictadura. Esa revolución fue un soplo de aire fresco sobre el rostro del país. La guerra posterior fue la tormenta que lo desfiguró.
Todo empezó en una perezosa mañana de sábado, la del 15 de abril de 2023, la recuerdo bien, estaba tomando una taza de café y fue entonces cuando recibí el siguiente mensaje de Zakaria, nuestro coordinador general en Sudán: «¡Hay tiroteos en Jartum!».
Desde entonces, se estima que más de 150.000 personas han perdido la vida y un par de cientos de miles han quedado parcial o totalmente con discapacidad. Estas personas fallecieron por balas perdidas, bombardeos indiscriminados, o simplemente por causas "naturales" –lo que sea que eso signifique en este contexto– sin poder tener una muerte digna y respetuosa. Muchas personas murieron solas, con miedo y dolor, sin sus seres queridos. Fueron enterrados a toda prisa, en los patios traseros de sus casas o en fosas comunes no identificadas. A otras, se les dejó en las calles durante días, hasta convertirse en alimento para animales.
Se acabó el agua, la luz y la atención médica.
Las principales ciudades se han convertido en campos de batalla. Hospitales, escuelas, universidades, plantas de agua y servicios de electricidad han sido atacados y destruidos. El agua no tratada tras los cortes de energía ha causado múltiples brotes de cólera en Jartum y sus alrededores. Además del cólera, el sarampión, el dengue, la difteria y el paludismo se han extendido por todo el país.
Casi el 80% de las instalaciones de salud ya no funcionan. Hemos visto pacientes acostados a la sombra de paredes rotas, con sus familiares sosteniendo líquidos intravenosos y sin atención de enfermería. Tanto es así que uno de los coordinadores médicos de Médicos Sin Fronteras en el país describió las escenas como “perturbadoras”.
MSF ofrecemos atención médica integral en contextos de guerra. Si quieres colaborar, haz clic aquí.
Y llega el hambre
Fábricas, mercados, aldeas y granjas han sido bombardeadas hasta quedar en ruinas. Al menos 1 de cada 5 hogares se enfrenta a una escasez extrema de alimentos, y al menos el 30% de los niños sufre desnutrición grave. A mediados de 2024 se confirmó la hambruna en el campo de desplazados de Zamzam, en Darfur del Norte. En un campo de unas 500.000 personas, alcanzar ese umbral significa que ya hay muertes diarias por hambre o por la combinación letal de desnutrición y enfermedades. Seis meses después, la hambruna se había extendido a 17 zonas del país. Muchas familias han tenido que reducir su alimentación a una comida diaria o priorizar quién debía comer.
... y la violencia sexual, étnica e indiscriminada
Cuando comenzaron los combates, varias comunidades fueron atacadas en función de su etnia: los hombres asesinados; las mujeres y las niñas, detenidas y violadas. Algunas siguen retenidas en condiciones que solo pueden describirse como esclavitud sexual.
La comunidad masalit, en Darfur, fue objeto de matanzas indiscriminadas cuando los combates llegaron a la ciudad de El Geneina, en la frontera con Chad. En otros lugares, las fuerzas de seguridad detuvieron o asesinaron a personas por su identidad en base a una nueva ley llamada ‘la ley de las caras extrañas’. Comunidades enteras de agricultores en el estado de Jazira se vieron obligadas a abandonar sus hogares. Pueblos enteros quedaron vacíos en cuestión de horas.
Ambos bandos acusan arbitrariamente a la población de colaborar con el enemigo, ejecutándola o recluyéndola en condiciones extremas, sin atención médica ni alimentos.
Las cámaras han captado a soldados de ambos bandos reuniendo a la población en filas para dispararles o arrojarlos vivos al Nilo, o forzando a personas a cavar sus propias tumbas antes de ser asesinadas. Muchos hombres armados se grabaron con orgullo sosteniendo una pistola en una mano y un cráneo humano en la otra… En esta guerra, los crímenes no se ocultan.
El odio al otro
Algunos de estos delitos no fueron cometidos únicamente por las fuerzas armadas. También los perpetraron personas que solían convivir, compartir comidas o incluso estaban casadas entre sí. Ahora se vuelven unas contra otras, arrastradas por la propaganda y los discursos de odio que llenan los medios de comunicación, abriendo una grieta en la sociedad que tardará generaciones en cerrarse aunque la guerra terminara hoy.
Una guerra, en cualquier lugar, nunca es un hecho aislado. Es la suma de nuestros miedos, vulnerabilidades, codicia, deseos ocultos y paranoias. Una criatura que se arrastra bajo la piel, una experiencia que no termina pronto.
Bakri Abubakr Responsable de operaciones en Sudán
Gracias, Juan Antonio, por leer este testimonio de la guerra en Sudán. Y gracias a Bakri por su trabajo y por ayudarnos a entender, sobre todo en estos tiempos bélicos, la importancia de vivir en paz.
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