Hoy, 18 de agosto, se cumplen 90 años del fusilamiento de Federico García Lorca.
90 años de aquel asesinato en la carretera de Víznar a Alfacar, en su Granada natal, una zona en la que se calcula que hay miles de personas enterradas en fosas comunes.
A Lorca, un informe de 1965 de la Jefatura Superior de Policía de Granada lo definía como «socialista y masón», atribuyéndole «prácticas de homosexualismo». Un documento que reconoce su asesinato y prueba que fue perseguido por ser quien era. Por lo que pensaba. Por lo que sentía.
Y aunque no hay pruebas concluyentes de quién disparó, según algunos testigos, Juan Luis Trescastro, un abogado señalado por participar en el crimen, iba alardeando públicamente por las tabernas de Granada de que le había metido “dos tiros en el culo, por maricón”.
Quizás por eso nos sigue conmoviendo tanto leer algunos de los versos que Lorca escribió sobre un amor obligado a esconderse. Un amor que debía permanecer oculto por la amenaza constante de la persecución: Grupo de gente salta en los jardines esperando tu cuerpo y mi agonía en caballos de luz y verdes crines.
Pero sigue durmiendo, vida mía. ¡Oye mi sangre rota en los violines! ¡Mira que nos acechan todavía! Noventa años después de su muerte, miles de personas siguen siendo perseguidas en el mundo por su orientación sexual o por su identidad de género y, en muchos países incluso, pueden enfrentarse a la pena de muerte.
Por eso es tan importante defender el derecho de asilo. Porque noventa años después, acechan todavía. Y las personas perseguidas por sus ideas o por su orientación sexual necesitan encontrar un lugar seguro en el que vivir sin miedo.
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