El invierno se ha instalado en Gaza. Y aquí, el invierno no es solo una estación.
Es la lluvia que no se va. La que empapa la ropa, las mantas, el suelo. La que se cuela por todas partes porque no hay paredes que la frenen.
Es despertarte de noche con los pies helados y pensar que los pies de tu madre, de tu hijo, de tu hermana, también están fríos. Y saber que no puedes hacer nada.
Las tiendas de campaña no son viviendas dignas. Nunca lo han sido, pero ahora son lo único que hay. Cuando llueve, el agua entra. Cuando hace frío, el frío se queda. No hay un lugar seco al que ir. No hay una manta extra. No hay un “ya pasará”.
Y, aun así, incluso aquí la gente sigue cuidándose. Compartiendo lo poco que tiene. Tapando a quien duerme al lado antes que a sí misma.
Por eso estar aquí importa. Por eso seguir aquí importa. Seguimos trabajando en Gaza, atendiendo necesidades de salud y apoyo psicosocial en un contexto extremo, junto a las comunidades y al personal local.
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