Los algoritmos y la inteligencia artificial no son meros canales, sino motores que dan nuevas formas y vías al odio, acelerando su impacto. La solución no es solo regulatoria, sino profundamente humana y educativa, apelando a la sabiduría de líderes comunitarios y pueblos indígenas para desmontar narrativas tóxicas desde la raíz, todo ello sin sacrificar la libertad de expresión.
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